Reina de los Patriarcas

20.03.2018

Patriarca es una palabra griega que significa padre o jefe.

Con el nombre de patriarcas se honra a algunos santos del Antiguo Testamento, elegidos por Dios como guardianes y depositarios de la fe en el futuro Mesías. Esta fe, avivada por las frecuentes revelaciones de Dios, fue transmitida por los Patriarcas a sus descendientes como un faro de luz en medio de las tinieblas de la ignorancia y del pecado.

También en los siglos cristianos se da por analogía el nombre de Patriarca a los santos Fundadores de las más famosas Órdenes Religiosas, puesto que también ellos engendraron espiritualmente a la vida de la perfección evangélica a muchas almas.

Hay analogías entre todos los Patriarcas y María, si bien María representa la Guardiana de la Fe (así se llama así misma en El Cajas), es la Depositaria de la Fe y la Guardiana desde la llegada de Jesucristo hasta nuestros días. Es la Reina de todos los Patriarcas. Es nuestra Capitana (así se define en el Padre Gobbi). Ella es la Reina.

Simbolizada en Noé, único padre salvado del diluvio y destinado a repoblar el mundo; Ella, única preservada del naufragio universal de la culpa, toda santa, renovó moralmente al género humano y contribuyó a reparar los daños causados por el primer pecado.

Abraham, admirable ejemplo de fe y de obediencia, padre de los creyentes, dispuesto a sacrificar a su unigénito sobre el Monte Moría, fue una pálida figura de María Santísima dotada de la más viva Fe y de la más perfecta obediencia. Madre amorosa de todos los redimidos, sacrificó a su unigénito Hijo para la redención del género humano sobre el Monte Calvario en el Altar de la Cruz.

Moisés, el amigo y confidente de Dios, que hablaba con Él como un amigo con su amigo, es comparado a María Santísima, no solo amiga, sino también Madre de Dios, que vivió con Él treinta y tres años con aquella confidente autoridad que nacía de su ser de Madre.

La mujer fuerte de la Sagrada Escritura (Proverbios) es una imagen de María Santísima, tabernáculo viviente de Dios.

El más glorioso, el Gran Patriarca San José, esposo purísimo de la Virgen Inmaculada, humilde, discreto, paciente, fiel.

Aunque San José no cooperó a la generación del Verbo encarnado sí contribuyó principalmente a cuidar y alimentar al Dios - Hombre y fue testigo continuo de las acciones de Jesús y de María; atento escucha de sus palabras, compartió con Ellos durante muchos años los gozos y las penas, las esperanzas y el amor a Dios y a los hombres.

San José es la sombra y el reflejo del Eterno Padre, él ocupa en la tierra su lugar y Cristo reconoce los derechos paternos de José.

Nunca podremos expresar con palabras la santidad, la virtud y la gran dignidad de este sumo Patriarca entre los Patriarcas.

El Papa Pío IX, para poner su persona y la de todos los fieles bajo la protección de San José, por Decreto del 8 de Diciembre de 1870, lo nombró solemnemente Patrono de la Iglesia Universal.

San Juan Pablo II en Redemptoris Mater afirma que la fe de María puede parangonarse también a la de Abraham, llamado por el Apóstol "nuestro padre en la fe" (cf. Rom 4, 12). En la economía salvífica de la revelación divina la fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua Alianza; la fe de María en la anunciación da comienzo a la Nueva Alianza. Como Abraham "esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones" (cf. Rom 4, 18), así María, en el instante de la anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen ("¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?" ), creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en la Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel: "el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35).