La Adoración

19.05.2018

Al igual que con la Santa Misa, donde cada día se duda más de la presencia real de Cristo, la Virgen hoy y ahora habla bien claro.
Ella nos entregó a su Hijo y por ello llora y denuncia la cantidad de Sagrarios o Tabernáculos, de Adoraciones donde apenas hay gente adorando al Señor.
Si fuésemos conscientes que Cristo está verdaderamente presente... habrá un tiempo en el que todos seremos Adoradores y necesitaremos diariamente pasar un tiempo con Él y seremos sensibles a las Gracias que Dios regala
  • Adorad sin cesar al Santísimo Sacramento del Altar. Yo estoy siempre presente cuando los fieles están en Adoración. En esos momentos se obtienen gracias particulares.
  • Volver a ser adoradores perfectos.
  • Celebrad frecuentes horas Santas de Adoración Eucarística y llevad todas las almas al Corazón de Jesús, que es la fuente de la Gracia y de la divina Misericordia.
  • Hoy se propaga la indiferencia al Sacramento Eucarístico, se apaga la llama de la Adoración y de la plegaria ante Él y aumentan cada día los sacrilegios de los que se acercan a este Sacramento en estado de pecado mortal. Vendrán tiempos y llegará casi a extinguirse en la Iglesia el perfume de la Adoración y del Santo Sacrificio.
  • Cada vez que es ofendido Cristo Jesús, el enemigo me está desafiando despiadadamente; está tentando abiertamente a mis hijos. Es un combate entre la Luz y las sombras, una constante persecución a mi querida Iglesia
  • Se han ido suprimiendo gradualmente todos los signos externos que son indicativos de la fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía, como las genuflexiones, las horas de Adoración pública, la santa costumbre de rodear el tabernáculo con luces y flores.
  • Adorad de verdad al Señor, porque Él purifica y sana.
  • Nada puede temer el hombre que se siente custodiado por el Altísimo. Adorad al Señor, porque Su Nombre es sagrado. Adoradlo, ya que solamente por medio de Él, obtendréis la salvación.
  • Jesús Eucaristía, es Cuerpo vivo y verdadero, adoradlo y amadlo.


VENTAJAS DE LA ADORACIÓN

Se añaden a continuación las ventajas que el Señor nos promete por adorar:


Citas bíblicas (extraidas de la Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española)


1 Pedro 5-7

Vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas;

Así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, | que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo


Salmo 37: 4

Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón.


Oseas 6:3

Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra.


Gálatas 6:8-9

El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos.


Santiago 1:12

Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman.


Santiago 4:10

Humillaos ante el Señor y Él os ensalzará.


1 Corintios 2:9

Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.



Catecismo de la Iglesia Católica:

2096 La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. "Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto" (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13).

2097 Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la "nada de la criatura", que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.